Hojas en mi balcón

De chico solía treparme a los árboles. Ya sean los de mi casa o los de la casa de mi hermana, donde jugaba con mi sobrino.

Conocía uno de los árboles de mi casa como la palma de mi mano. Subía a él todos los días, conocía todas sus ramas, sus rugosidades y elasticidades. Algunos años, cuando no lo podaban, lograba subir más alto que mi casa. Y entre las hojas verdes observaba a la gente que pasaba por la calle. Una vez arriba era invisible en su follaje, y las nubes pasaban más cerca.

Subir al árbol me llevaba un par de segundos, y era más rápido salir por él a la calle que por la puerta. Que buenos tiempos.

Ahora vivo en otra parte, y tengo el gusto de tener un árbol en la vereda, que llena de hojas el balcón. De esa forma, me invita a salir a charlar con él.

Dialogamos en silencio cuando los pensamientos se detienen.

–La vida es así. –me cuenta– Los botánicos creen que crecemos buscando el sol… ¡Que locura!*... La realidad es que crecemos escapando del origen, de nuestra semilla original. Huimos sin importar hacia donde, de todas formas… cada lugar tiene sus pormenores, pero aun así valen la pena.

No hay forma de equivocarse –continúa– si te alejas sientes el temor de quebrarte, la angustia del frío viento y el calor del sol. Pero a pesar de todo, por más que te alejes, sigues formado parte de tu origen.

Me despido y vuelvo a mis actividades, sabiendo que es un amigo leal. Siempre está, haga frío o calor, llueva o truene, firme al destino, llenando el vacío, cantando al viento.

* Si fuese así, todas las ramas irían hacia el mismo lado…

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