Mis dos hogares.
Tengo dos hogares en este mundo. Dos hogares distantes, unidos por el mismo río. Nadie sabe que lo son. Nadie podría llegar a ellos o tan sólo reconocerlos.
Los árboles y el río son la constante de sus paisajes, pues es parte de mi naturaleza. No hay muchos como yo. [Yo al menos no he llegado a encontrar ninguno.]
El primer lugar es un bosque joven, de bellos dibustros que crecen en forma ordenada en una zona baja. Cuando crece el río inunda gran parte de él convirtiéndolo en un bañado. Cuando el río baja, la alfombra de húmedo pasto verde y pequeñas flores azules se mezclan entre los árboles. El viejo palomar, como un castillo abandonado, corona mi estancia. Nunca entro a él, tan solo camino desapareciendo entre los delgados troncos. Prefiero mirarlo desde algunos metros para luego volver a recostarme en la glorieta.
Sobre ella, casi llegando al puente, un cable cruza de lado a lado el río. Tensado de un lado por el barranco y por el otro, por una viga de quebracho. Sobre él, un oxidado monociclo, fijo a la trenza de alambres, descansa a la espera de que cruce nuevamente. Monociclo, artificio de antaño, en el que practicaba como equilibrista sin circo. Sueños abandonados.
Las orillas de lodo, el verdín, las sales y el olor a pescado, ven pasar inmutables el río y su paz, las gaviotas y las nubes, el fuerte calor del verano y la húmeda bruma en el invierno. Alguna vez hemos visto pasar por estas aguas, cardúmenes de pejerrey en plateada odisea. Hoy sin embargo, es difícil de verlos aun sumergido o hundido en el lodo.
Mi otro hogar, menos identificable aún, es un recodo con una suave orilla de sedimentos y pequeñas piedras. El río de aguas marrones se vuelve playo, aunque esconde algún que otro pozo para el desprevenido. Algunos restos de troncos se han amontonado con el tiempo en el cauce. Sus ramas secas se mueven lentamente con el paso del agua. Un alambrado a lo lejos, del lado del barranco, vigila al ganado que baja a saciar su sed al remanso. Algunas veces, no logran escapar del cauce y mueren ahogados. En su podredumbre se hinchan de gases como globos de cuero, hasta que el agua los lleva, [o incluso los trae de río arriba.]
Cuando hace calor, las lisas saltan, y las taruchas persiguen peces más chicos en el agua que el sol tiñe de marrón almendrado y las sombras del marrón oscuro. Cuando hace frío, el silencio domina la escena. Silencio como el de las mañanas, cuando el cielo celeste, a lo lejos, contrasta con el oscuro puente de cemento.
Sobre el relieve del campo crecen cardos de flores lilas y violetas. Las nutrias y otros pequeños roedores caminan por las orillas y de vez en cuando nadan en las noches del río. No hay tantos árboles como en mi primer hogar, tan sólo quedan algunas viejas y pequeñas acacias, de negras vainas cargadas de semilla y pegajosa resina.
Pocas personas en este mundo conocen estos dos lugares, y menos aún, sabrían que son mis hogares. El que nunca fue difícilmente logre encontrarlos, no existen mapas que lleven a ellos, y los pocos que los conocen ya los han perdido en las profundidad de su memoria.
Yo sin embargo, los tengo presente todo el tiempo. Porque son mi morada. Cuando abandone el mundo de los hombres iré a vivir a ellos, hasta que pierda mi memoria. Sólo entonces, podré estar en ambos y en ninguno al mismo tiempo.
Los árboles y el río son la constante de sus paisajes, pues es parte de mi naturaleza. No hay muchos como yo. [Yo al menos no he llegado a encontrar ninguno.]
El primer lugar es un bosque joven, de bellos dibustros que crecen en forma ordenada en una zona baja. Cuando crece el río inunda gran parte de él convirtiéndolo en un bañado. Cuando el río baja, la alfombra de húmedo pasto verde y pequeñas flores azules se mezclan entre los árboles. El viejo palomar, como un castillo abandonado, corona mi estancia. Nunca entro a él, tan solo camino desapareciendo entre los delgados troncos. Prefiero mirarlo desde algunos metros para luego volver a recostarme en la glorieta.
Sobre ella, casi llegando al puente, un cable cruza de lado a lado el río. Tensado de un lado por el barranco y por el otro, por una viga de quebracho. Sobre él, un oxidado monociclo, fijo a la trenza de alambres, descansa a la espera de que cruce nuevamente. Monociclo, artificio de antaño, en el que practicaba como equilibrista sin circo. Sueños abandonados.
Las orillas de lodo, el verdín, las sales y el olor a pescado, ven pasar inmutables el río y su paz, las gaviotas y las nubes, el fuerte calor del verano y la húmeda bruma en el invierno. Alguna vez hemos visto pasar por estas aguas, cardúmenes de pejerrey en plateada odisea. Hoy sin embargo, es difícil de verlos aun sumergido o hundido en el lodo.
Mi otro hogar, menos identificable aún, es un recodo con una suave orilla de sedimentos y pequeñas piedras. El río de aguas marrones se vuelve playo, aunque esconde algún que otro pozo para el desprevenido. Algunos restos de troncos se han amontonado con el tiempo en el cauce. Sus ramas secas se mueven lentamente con el paso del agua. Un alambrado a lo lejos, del lado del barranco, vigila al ganado que baja a saciar su sed al remanso. Algunas veces, no logran escapar del cauce y mueren ahogados. En su podredumbre se hinchan de gases como globos de cuero, hasta que el agua los lleva, [o incluso los trae de río arriba.]
Cuando hace calor, las lisas saltan, y las taruchas persiguen peces más chicos en el agua que el sol tiñe de marrón almendrado y las sombras del marrón oscuro. Cuando hace frío, el silencio domina la escena. Silencio como el de las mañanas, cuando el cielo celeste, a lo lejos, contrasta con el oscuro puente de cemento.
Sobre el relieve del campo crecen cardos de flores lilas y violetas. Las nutrias y otros pequeños roedores caminan por las orillas y de vez en cuando nadan en las noches del río. No hay tantos árboles como en mi primer hogar, tan sólo quedan algunas viejas y pequeñas acacias, de negras vainas cargadas de semilla y pegajosa resina.
Pocas personas en este mundo conocen estos dos lugares, y menos aún, sabrían que son mis hogares. El que nunca fue difícilmente logre encontrarlos, no existen mapas que lleven a ellos, y los pocos que los conocen ya los han perdido en las profundidad de su memoria.
Yo sin embargo, los tengo presente todo el tiempo. Porque son mi morada. Cuando abandone el mundo de los hombres iré a vivir a ellos, hasta que pierda mi memoria. Sólo entonces, podré estar en ambos y en ninguno al mismo tiempo.
Comentarios
VAS MUY SEGUIDO A VISITARS TUS 2 HOGARES??! DEJA DE FUMAR DE ESAS HIERBAS, DALEEEE, HACEN MAL A LA LARGA, O A LA CORTA, A LO ANCHO, JAJAJA.